luna

Yo supe que no debía seguir escribiendo un día de otoño,
en un bosque encantado,
cuando con el vuelo de tus pestañas paraste el tiempo.
Derramaste todas las nubes y las enredaste con tu pelo,
y supe también con el primer beso que moriría echándote de menos.
Y nos inventamos mil canciones,
y todas las plantas se volvieron venenosas
mientras llorabas en mi pecho y volaban pintadas las estrellas,
y encendimos mil ojos y lloraron las paredes lágrimas fluorescentes
y sentimos los alfileres, y sonó la despedida
enmudeciendo los cencerros, y deseo el cianuro
como deseo tu cuerpo y no existe un instante,
en que no echarte de menos.

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