La soledad

Desde niño recuerdo aquella casa.
Siempre estuvo allí, ocupando su sitio,
inmóvil, como las fuentes de la plaza,
vacía… Carente de sentido.

Pero esa noche era distinta,
la puñalada de dos noches sin comer
en la mirada inocente de mi hijo,
mi desesperación, no saber qué hacer.

Sentí el frío del acero en la espalda,
comprendí que no había más tiempo,
ni más piel, ni más vida, ni más besos,
fuera del dominio infinito de tu cuerpo.

Ya nunca fui tu ratoncito Pérez,
ni calmé con caricias, tu dolor,
no se ni qué número calzas.
Que nunca seas, lo que soy.

Ahora pago por mis pecados,
sentenciado por el azar,
tan lejos de lo que amo…
Alejado de cualquier lugar.

Aquí dentro se consumen los segundos,
eternos bajo la sombra de tu ausencia,
sin sentido, como veo morir los días,
con los huesos, cumpliendo su condena.

El clima desnudo de estaciones,
no hay hojas secas, ni cielo.
No llueve, no crecen flores,
no nieva, siempre es invierno.

Por la noche araño los muros
soñando que acaricio el firmamento,
que te muestro tumbado sobre la hierba
las estrellas, la luna, el viento.

Tu foto, sobre la almohada.
Un instante. Mil recuerdos.
Cien lágrimas en silencio.
Silencio eterno.

Imagino que tengo la libertad,
respiro la brisa a través de las paredes,
lejos de la suciedad,
del destino pactado de todos los trenes.

Aquí los hombres no somos valientes,
Todos lloramos en la oscuridad,
se apagan las luces brota el recuerdo
y amenaza tormentos la soledad.

Compartir!