El ventilador verde

Salió de casa como cada mañana, lloviznaba y las gotas de agua se amontonaban sobre las ramas del limonero para formar un río, que atraído por el misterio de la gravedad, corría a través del afluente de las ramas, para desembocar en un tronco vertical, filtrándose en la tierra, con las lombrices y hojas muertas, volviendo al ciclo del agua, de la vida, saciando la sed.
El suelo estaba resbaladizo y pisaba lentamente para no dar con los huesos contra las piedras de pizarra, colocadas estratégicamente para impedir el crecimiento de la hierba. En la mano derecha las llaves del coche, en la izquierda el teléfono móvil y la cámara de fotos. Hacía frío y el aire que expulsaba por la boca, denso como una nube de alquitrán, rodeaba su cabeza, creando una imagen distorsionada de su rostro.
A través del cristal del parabrisas apenas se distinguía el portal del muro que rodeaba la casa. Un muro viejo invadido por el musgo y las arañas, que año tras año habían ido colonizando los agujeros del hormigón y tejiendo sus trampas, telas que quedaban como redes a la deriva, en donde insectos de todo tipo encontraban descanso eterno.
Tras un par de minutos con el motor en marcha intentado despejar la niebla que se había instalado en el parabrisas, el aire caliente empezó a dibujar formas transparentes que dejaban ver más allá. A pesar de que siempre escuchaba la misma música en sus desplazamientos, durante esos minutos buscaba por las distintas emisoras un sonido que a modo de anzuelo le despertara algún tipo de interés.
El trayecto fue como siempre, inerte, inmerso en su propio mundo, ajeno a las señales de tráfico, al paso de los árboles y de las gentes, sin pensar pero sin dejar de pensar, con la mirada en un punto en el que no se ve nada. Muchas veces al llegar se cuestionaba como era posible que sin ser consciente del entorno, era capaz de llegar a su destino sin haber tenido un accidente. Había llegado a la conclusión de que el cuerpo, separado de lo que suponía sería el alma, había adaptado el automatismo de la conducción, traduciendo los estímulos y señales de tal modo que, sin ser consciente, podía actuar en consecuencia y tomar decisiones sin tener que pensarlas.
Miguel era un hombre tranquilo, adicto a las costumbres y predecible. Cada mañana sin mediar palabra, en el mismo café desde hacía más de veinte años un cortado y una magdalena se convertían en su desayuno. Leía las páginas del diario, sucias por las manchas de café de los clientes más madrugadores, y comentaba los titulares con el camarero. Siempre, diez minutos después con la frase “habrá que hacer algo” dejaba el dinero sobre el mostrador y dando los buenos días a Don Rodrigo, abandonaba el local para abrir las puertas de la carnicería.
Al cruzar la calle que separa el Bar de la carnicería se extraño de que el quiosco de la plazoleta estuviese cerrado, ya que era de los más puntuales en cuanto a la hora de la apertura, y Don Andrés no toleraba llegar ni un minuto tarde a trabajar.
– Menudo humor tendría toda la mañana dada la hora que era ya, -pensó, y no pudo evitar el colocarse una sonrisa con cierta maldad en la cara.
La primera en cruzar la puerta fue la señora Isolina, como siempre con un buen número de bolsas colgando de su brazo izquierdo y la cartera en la mano derecha.
– Buenos días, Miguel, por decir algo, claro…
Dijo dejando las bolsas cuidadosamente en el suelo, apoyadas al acero de la nevera en donde se exponían los trozos de carne, colocados al milímetro, con sus correspondientes etiquetas identificando el producto.
– Vaya cara que traemos esta mañana, mujer, cualquiera diría que se ha muerto alguien.
– ¿No se ha enterado de la noticia? No se habla de otra cosa en el barrio. Andrés se ha ido.
– ¿Andrés? ¿El quiosquero?
Preguntó, conociendo la respuesta, relacionando el haber visto cerrado el negocio, con la noticia, pero como si dudando se pudiese aún evitar el final, como aferrándose a una última esperanza.
Isolina asentía con la cabeza y ambos permanecieron unos segundos incómodos en blanco, mirando otra vez al punto ese al que se observa cuando no se quiere mirar, pero tampoco cerrar los ojos.
Durante el resto de la mañana fue vendiendo prácticamente toda la mercancía, mientras los comentarios del suceso iban y venían entre chuletas, filetes de falda, rajo y chorizos criollos. Sin poder evitar estar ausente, recordando las discusiones que solían tener los clientes con don Andrés por culpa de sus ideas revolucionarias. Y las conversaciones que mantenían ambos los días en que la clientela se negaba a aparecer por allí.
El día fue extraño y le fue imposible el desterrar la imagen del quiosquero de su cabeza. A dos años de poder jubilarse, se había pasado la vida trabajando, abriendo el local a las siete de la mañana, domingos incluidos para poder vender los diarios y lo caramelos que los abuelos compraban a sus nietos cuando salían de la misa. Se preguntaba cuantas cosas habría dejado de disfrutar mientras trabajaba para poder vivir.
Su último pensamiento mientras peleaba con la cama para poder dormir, también tenía la prensa de por medio. Sentado en un lateral de la cama se observaba los pies, apoyados encima de las zapatillas, pensando en lo fácil que era desaparecer de la vida. No le había dado tiempo a despedirse de nadie, ni a cancelar los pedidos de prensa a los proveedores, ni a mirarse por última vez al espejo. Sus pesadillas de esa noche también tuvieron a Andrés de protagonista.
Por la mañana al salir de casa no se fijo en si hacía sol o llovía, ni en el limonero. En su mano las llaves del coche y el teléfono móvil. Debería haber encontrado la cámara de fotos pero no recordaba donde la había dejado el día anterior. Seguramente estaría en el cajón de debajo de la balanza de carne.
A los pocos kilómetros de haber salido de casa y en el punto de no ser consciente de los actos, un pitido sobresalta a Miguel avisándolo de que el coche ha entrado en reserva. Sabiendo que a cinco minutos se encuentra la estación de servicio no le da mayor importancia y rápidamente vuelve a su mundo.
Doscientos metros antes de la gasolinera, acciona el intermitente derecho y vuelve a retomar el control sobre sus movimientos, acercándose prudente al surtidor número cuatro, desde el cual no pierde de vista el coche una vez dentro del local para pagar.
La mañana luce un cielo infinitamente azul, con un tono satinado en donde los aviones, allá arriba, dibujan estelas blancas, a modo de paralelos y meridianos, aleatorios, absurdos, preciosos… Hace frío y encogiendo los hombros se apresura a entrar en el recinto donde se amontonan como si de un supermercado se tratase, golosinas, revistas, repuestos de coches y pan recién horneado.
Tras cinco minutos esperando su turno para pagar, y observando que los dos clientes que tenía delante intentan, sin lograrlo, efectuar su pago mediante una tarjeta del banco, empieza a incomodarse y a observar nervioso a su alrededor. Los minutos siguen sumándose en su reloj de pulsera y decide preguntar.
– Perdonen, ¿hay algún problema?, verán tengo prisa por llegar a trabajar y llevo ya más de diez minutos esperando.
– Sí, el sistema informático no responde, es una avería general de la compañía y no podemos cobrar con tarjetas, solamente en efectivo.
Rápidamente abrió su cartera dispuesto a agarrar un puñado de billetes con los que solucionar su espera y dar por finalizado aquella pérdida de tiempo, pero para su sorpresa, vacía. Ni una triste moneda moraba aquella cartera, donde habitualmente se daban cita varios billetes de los grandes, por si surgía algún imprevisto como el de esa mañana. Lo peor, pensó, no recordaba haber gastado ese dinero, y ahora estaba perdido, en una situación que no podía solucionar, contra reloj y sin poder hacer absolutamente nada, excepto cruzarse de brazos y esperar.
Por si aquello fuese poco, el dependiente empezaba a trabajar ese mismo día, con lo cual desconocía que, Don Miguel, era habitual de esa gasolinera, que su coche no conocía otro surtidor desde el día que había salido del concesionario, con lo cual no accedió a los ruegos de que lo dejase ir sin pagar, aplazando la deuda para el día siguiente.
Detrás de él, una mujer de aspecto informal, que llevaba un tiempo observando la discusión en la que se habían enrolado el dependiente y Don Miguel, y dándole con un dedo en el hombro izquierdo le dice:
– Oiga, si tiene tanta prisa, si quiere le acerco yo hasta un cajero en un momento, no creo que sea tan difícil de solucionar ese gran problema que dice.
– No, no se preocupe –contesta sorprendido, con tono seco y observando con desconfianza- gracias de todos modos.
– De verdad que no es ninguna molestia, a cambio me puede explicar durante el trayecto algo sobre esta zona, ya que estoy de paso y ando un poco perdida. Me haría un gran favor y así no se sentirá obligado a deberme ni las gracias, será un intercambio de intereses.
No muy convencido, y más por saldar la deuda cuanto antes, accede, explicándole a la mujer que poco le podría contar, ya que en coche el cajero esta a no más de 10 minutos y el lugar tampoco es que tenga mucho que enseñar, se trata de un pueblo sin gran historia.
– Más los diez de vuelta –añade ella. El no contesta y se dirige hacia la puerta de salida.
Una vieja furgoneta Volkswagen esperaba aparcada al sol, la cantidad de polvo que recubría el vehículo hacía imposible descifrar el color con exactitud. Palidecían algunos detalles, que en su día debieron ser cromados, defensas, espejos y una distorsionada línea que recorría los pasos de las ruedas delanteras. No tenía un solo tapacubos igual a otro, y la antena desafiaba todas las leyes de la geometría. El techo era como si fuese añadido después, sobresalía un poco por su contorno y tenía como una especie de franja de lona u otro material rodeándola.
– ¿Esa cosa anda? Preguntó Miguel en el momento en que vio que los pasos llevaban directamente a la furgoneta, mientras esbozaba una sonrisa.
– Siempre puede ir caminando, es otra opción, aunque se quedará con la duda de si enciende o no, y además llegará tarde a donde quiera que sea que tenga tanta prisa por ir.
En el centro del salpicadero, un ventilador verde, conectado a la toma de mechero movía el aire en dirección a la mujer, su cabello rozado por la brisa desprendía un olor seco, con matices orientales que lentamente, navegando por la cortina que evitaba ver lo que se escondía en las plazas traseras, llegaba desde la nuca a la nariz de Miguel.
– ¿O no?
– ¿O no? ¿O no qué?, – Pensó él, consciente de que se había dejado llevar por ese perfume, ajeno a la conversación, encontrándose ahora en el compromiso de acertar con la respuesta, para no demostrar que no estaba atendiendo a sus palabras.
– Sí, claro… -contestó mirando de reojo esperando la reacción de la respuesta.
– Pues Sofía, me llamo Sofía.
– Miguel, encantado y le vuelvo a dar las gracias por acercarme. Puede que le haya parecido un poco seco, pero es que vaya día que llevo, y eso que acaba de empezar. La prisa es porque llego tarde a abrir la carnicería, de hecho, llegaré muy tarde y los clientes estarán de mal humor. La señora Isolina, no sabe cómo se pone si tienes que esperar por sus filetes de cerdo.
¿Y usted a que se dedica? ¿Qué le trae por este lugar?
– Pues la verdad no lo sé. Y a decir verdad, tampoco es que me interese mucho saber el motivo. Simplemente, estoy. Y estaré hasta que deje de estarlo ¿no?
Sonrío y elevo los hombros como invitando a contestar a lo que acababa de decir.
Un silencio vagando sobre el sonido continuo del motor se extendió durante un par de minutos, mientras Sofía conducía, observando la carretera, y las casas salteadas que la limitaban.
– Un día descubrí que estaba viva, me desperté en la cama, y me quedé mirando a la bombilla sin lámpara durante un buen rato, pensativa, quieta, sin apenas pestañear. ¿Y si esa fuese mi última mañana? ¿Y si nunca más viese amanecer?, tonterías que en mi cabeza, mezcladas con los problemas triviales de los días, la lista de la compra y los post-its de cosas por hacer en la nevera formaron un espeso caldo de cultivo.
Tumbada aún, todo empezó a dar vueltas y vueltas, en medio del vértigo y la sensación de hambre, la fuerza centrífuga iba arrojando fuera de mí los pensamientos insignificantes, que a modo de bombo de lavadora se iban por los agujeritos, dejando dentro lo que verdaderamente tenía un volumen considerable. Y si esa fuese mi última mañana…
Y así, sintiendo que no necesitaba nada más que lo que tenía puesto encima para mi última mañana salí a la calle, me subí a esta furgoneta, dispuesta a seguir la sombra de las nubes hasta el océano, y sentarme a ver el mar. De eso hace ya tres días.
– Vaya, ha vivido más de lo que tenía pensado. Dijo Miguel con tono vacilón.
– Pues sí, y llegados a este punto creo que deberíamos dejar de tratarnos de usted, aunque no pongo en duda que usted sea un correcto y serio individuo.
– ¿Serio? No creo que sea una persona seria, sino todo lo contrario, tengo un gran sentido del humor.
– Bueno, tu cara, si es que permite la sugerencia del tuteo, esta mañana no es precisamente de alegría ni incita mucho a bromear, cualquiera diría que hasta se le ha muerto alguien.
– ¡Muerto! Echándose las manos a la cabeza se acordó del pobre quiosquero. Esta tarde sería el entierro y no se había puesto esa mañana el traje negro que guardaba en su armario para las despedidas finales.
– Pues sí se me ha muerto alguien sí, se me había olvidado, y ahora sumamos otro problema más al de por sí, complicado día.
– ¡Ay va! Perdona, no estuvo acertado el comentario, de verdad que lo siento mucho. ¿Alguien cercano si no es mucha indiscreción?
Miguel le explicó con todo detalle la relación que a lo largo de los años se había ido estableciendo con Don Andrés, y como con el tiempo habían visto cambiar el barrio y sus gentes, hasta que al ver el cajero automático, señaló con la mano haciéndole a Sofía una señal para que detuviese el coche y soltándose el cinturón de seguridad.
Ella dio la vuelta en un cruce que estaba unos metros por delante mientras Miguel cruzaba la calle y entraba en la sucursal bancaria.
Bajó la ventanilla y encendió un cigarro mientras esperaba. Pensó en lo aburrida que debía ser la vida de Miguel, y en lo serio y falto de ilusiones que aparentaba.
La sucursal estaba forrada de piedra gris, lisa, sin relieves ni adornos de ningún tipo, cristales de espejo que no dejaban ver el interior, sucios por el polvo y un gran rótulo verde con el nombre del banco.
Habían pasado ya diez minutos, entrado tres personas después de Miguel, pero se extraño de que nadie saliese en el tiempo que llevaba allí parada esperando.
– Anda que debe fallar hoy todo,- pensó.
Otro cigarro y otros diez minutos ya, terminaron con la paciencia y se decidió a entrar a decirle a Miguel que lo sentía pero que pasar la vida esperando por un desconocido no entraba en sus planes más inmediatos, y que, si tanta prisa tenía, que no era pues momento de ponerse de charla con quien fuese que estuviese. Y menos teniendo a una persona esperando por él fuera.
Apenas un pie cruzó la puerta del banco sintió en la sien un frío metálico y girando un poco la cabeza pudo ver un revolver susurrándole, tímidamente pero con firmeza,
– Shhh, siéntate sin hacer tonterías y no pasará nada.
En el suelo estaban Miguel y las señoras que habían entrado a continuación, todos pálidos y con la cara desencajada por lo complicada de la situación. En silencio, mirándose unos a otros como si una conversación estuviese fluyendo solo con las miradas. Miedo, aquella sensación era miedo en estado puro, pieles erizadas como papel de lija, olor a adrenalina.
-En cinco minutos se abrirá la caja fuerte del banco, cogeré el dinero y me iré por esta puerta sin problemas, ¿entendido? Sin héroes no habrá problemas, el dinero es del banco y ninguno de vuestros ahorros peligran, el seguro se hará cargo de todo, así que todos tranquilos y no habrá líos.
El atracador llevaba un pasamontañas verde, que le daba un aspecto rudo y aterrador, aunque su voz temblorosa parecía desmentir esa dureza que aparentaba. Las manos descubiertas eran grandes y maltratadas, quemadas por el sol.
Los minutos rodaban eternos por la esfera del reloj y el tiempo parecía haberse detenido aquella mañana en la sucursal, el aire se había vuelto denso y las respiraciones danzaban acompasadas.
El sonido de un teléfono rompió el silencio, violento en situaciones normales, para cuanto más en ese instante. Después de dudar unos segundos el atracador sin perder de vista a sus rehenes se apartó hacia una esquina y descolgó.
– Dime. -Contestó con voz extrañamente dulce.
– Sí mi niña, hoy sí que comerás, te llevaré una gran pizza con helado de postre, y un oso de peluche enorme, que te he comprado por tu cumpleaños.
Sí, ya sé que fue hace unas semanas pero no había tenido tiempo, mi amor, de comprarlo. No, claro que no me he olvidado
Sí yo también princesa……. Ponme a mami.
Hola, ¿qué tal? Sí, hoy me han dicho del trabajo que me pagan. Sí, haré la compra antes de ir. Sí, no te preocupes. Yo también te quiero.
Como si una bofetada le hubiesen dado a cada cliente del banco, sus caras cambiaron de expresión de miedo a sorpresa. En un instante aquel duro individuo se había vuelto un hombre que solo buscaba sobrevivir a la vida, al igual que cada uno de los que desde el suelo no acaban de digerir aquella situación.
La puerta se volvió a abrir y un hombre joven con gafas de sol entró, antes de que el atracador llegase a la puerta, para sorprenderlo desde atrás con su arma como había hecho con el resto de clientes del Banco.
Rápidamente elevó la mano apuntando con el revólver al joven, de frente, al no haberle dado tiempo a colocarse detrás de él. Al verse encañonado desenfundó una semiautomática y al grito de policía descargó una bala que impactó contra el pecho del delincuente.
Cinco minutos duró el disparo.
La bala por el aire, lenta, fría, afilada, surcaba la habitación, más rápida que el relámpago de pólvora que golpeaba los tímpanos. Atrevida, separó las fibras de la ropa de su víctima, abriéndose paso a través de la piel, piel que seguramente en otros momentos habría recibido besos, caricias, y sobre la que su hija, tantas veces habría encontrado consuelo y ternura.
Y se termina la vida, se desploma sobre el suelo, manchado con su propia sangre, sin frenar la caída con las manos, golpeando la cara contra el granito gris. Aplastando tiempo, futuro y pan. Condenando a un oso de peluche, a permanecer en cualquier estantería del centro comercial, esperando que otro niño lo reciba como regalo, resucitándolo de entre los juguetes y dándole vida.
Bloqueado se miraba a sí mismo Miguel, víctima de una lluvia incesante de pensamientos sobre lo que acababa de presenciar. Mareado por el olor a sangre tuvo que cerrar los ojos y apoyar la cabeza contra la pared, sintiendo como las ideas giraban cada vez más rápido en su interior, y por más que lo intentaba la fuerza centrifuga le empujaba a dejarlas salir fuera, a exteriorizarlas, y en forma de lágrimas asomaron fuera de su cabeza.
Pronto llegaron las ambulancias, los médicos, varios coches de policía, y un enjambre de curiosos. Según pasaban las horas fueron cogiendo las declaraciones de todos los que habían presenciado los hechos, limpiando la sucursal y disolviendo en el tiempo los hechos. Borrando con lejía la sangre que había mantenido con vida aquel hombre.
Apoyados en la vieja furgoneta ambos miraban aun en estado de shock el cielo, en silencio, pensativos. Se había ido durante unas horas de su cabeza la carnicería, la gasolinera, el quiosquero y prácticamente todo. Solo existía un hombre en el suelo, sin vida y una niña en brazos de su madre esperando que se abra la puerta y su padre, o quien quiera que fuese ese hombre entrase, con un gran oso de peluche… un puzle, o cualquier cosa… sólo podía pensar en eso, en como las horas irían borrando la ilusión de los ojos de la pequeña, hasta caer dormida otro día más… esperando que una llamada de teléfono la arranque de la inocencia.
– La vida no vale nada, se va en un instante, la pierdes, te la quitan o simplemente se gasta…, se va. Tarde o temprano se me irá.
– Un mal día, una lección de vida – le contestó Sofía encogiendo los hombros.
– Tengo la sensación de que en todos los años que he vivido, y me refiero a los que he vivido como adulto, no he hecho nada, nada que no sea trabajar, comportarme como un peón de la sociedad, correcto formal, nada… no me he aportado nada a mí mismo. Y hoy… es como… no sé, de repente nada vale nada. Es como si el corazón que hubiese muerto esta tarde hubiese sido el mío, y en su lugar haya quedado el vacío. Un vacío absoluto.
Ambos permanecieron otro buen espacio de tiempo, mudos, sin mirarse,
– Creo que nos vendría bien tomar un par de cervezas -Dijo ella dándole una palmada en la espalda y subiéndose a la furgoneta. -Vamos, algún sito conocerás por aquí cerca.
Asintió con la cabeza y se subió, mientras pensaba que no recordaba ya la última vez en que se había tomado una a esas horas. En que parecía que la muerte se había instalado a vivir en la zona, en que tendría que ir al cementerio a despedirse de Don Andrés y pedirle disculpas por no haber ido al entierro. Demasiadas cosas en que pensar y poco tiempo.
El local era un sitio oscuro, con las paredes llenas de adornos recolectados en diferentes partes del mundo, con la música alta y una buena nube de humo de tabaco.
Ambos pidieron cerveza, en botella. Dialogar era algo más complicado de lo habitual, las palabras se mezclaban con la música y el ruido de la gente, bastante por cierto, lo que había sorprendido a Miguel, al tratarse de un día laborable.
Según avanzaban las cervezas en el reloj, las palabras iban perdiendo velocidad y volumen, se volvían densas y era necesario ir acercando la boca al oído para que la comunicación siguiese fluyendo. Las luces se distorsionaban, los ruidos se solapaban para formar uno y los pies se elevaban del suelo por momentos.
– Vamos a bailar – dijo ella mientras tiraba de su brazo en dirección al medio del local.
– ¿Bailar? Tú estás loca, esto simplemente es un bar, no hay nadie bailando, y además ni sé bailar, ni me gusta.
– Esto es lo que nosotros queramos que sea… Hay música ¿no? Hay un suelo… no se necesita nada más… venga, vamos a bailar…
Víctima entre la vergüenza del acto de bailar, y la de tener que discutir su postura de no quererse despegar de la barra, optó por la primera y sin dejar de ofrecer resistencia se dejó arrastrar hasta el medio del local, un espacio de apenas dos metros cuadrados, entre mesas, y un ya retirado billar que hacia función de depósito de objetos, cazadoras, bolsos, y paquetes de tabaco vacíos por las esquinas.
La música había bajado su intensidad, quedándose en un blues infinito, suave, sensual, la melodía entrelazada con la voz de aquel cantante impregnaba el aire, se posaba en las paredes, como en un delirio de sentidos, al ritmo de las luces, todo fluía lentamente, como en un mágico engranaje lubricado con alcohol.
A los pocos minutos ella apoyó su cabeza en él para susurrar el estribillo de la canción que estaba sonando, mientras él, nervioso aún, intentaba mantener la concentración que había logrado que hasta el momento no la hubiese pisado.
“Me he despertado solo, tal como me acosté, con las manos llenas con restos de nada. Me he lavado la cara con whisky dándome cuenta de que, a veces, el tiempo pasa…”
No sabría decir los minutos que había durado la canción, se había despojado del tiempo, cuando Sofía levantó la cabeza y se le quedó mirando a los ojos. Apenas una palma distanciaba sus cabezas, el podía ver el universo en sus dilatadas pupilas, enormes como la luna llena, brillantes, temblorosas. Su corazón empezó a latir con más fuerza, la sangre comenzó a galopar por su cuerpo, y sin dudarlo cerró los ojos y la besó.
Sus labios eran suaves, dulces, húmedos, como si de dos imanes con sus lados opuestos enfrentándose sus bocas se rozaron, sin lograr separarse. A cientos de metros sobre el suelo del bar no existía el aire, ni los ruidos ni el mundo. Todo se había congelado en aquel instante, los minutos transcurrían lentamente, rítmicos y los cuerpos se acercaban, las manos acariciaban las espaldas palpitantes, dejando sentir como sus corazones golpeaban por salir.
Las sábanas se habían caído a los pies de la cama, la almohada había tirado la lámpara de la mesilla de noche en donde el despertador, insolente, se puso a sonar marcando las siete y media de la mañana y resistiéndose a ser apagado.
La miró. Estuvo observando la luz que entraba entre las rendijas de la persiana y la volvió a mirar. Su piel parecía de terciopelo, podía ver el efecto de suavizado que producía al recibir la tenue luz de la mañana. Su pecho se elevaba lentamente al respirar. Un mechón de pelo recorría su mejilla, tapando parte de sus labios y muriendo en su cuello. No pudo evitar apartárselo para mirar su cara completa.
Recorrió de nuevo sus hombros, sus brazos, suavemente, sin tocarla, apenas a unos milímetros, percibiendo su calor, dejo bajar sus manos sobre sus pechos, muy suave, tan lento como el paso de las nubes, con ternura y timidez.
No pudo, otra vez, evitar besarla. Se inclino sobre ella con delicadeza y noto nuevamente sus labios. Sofía abrió los ojos lentamente. Al principio con sorpresa, como si no esperase encontrar a nadie al despertar, pero luego la expresión se volvió de felicidad, y rodeando la cabeza de Miguel con sus manos, alargaron los besos un buen rato.
Pasaron todo ese sábado juntos, entre la cama y la cocina, entre caricias y sudor, como si de dos adolescentes en su primera revolución de los besos se tratase. Apenas sin comer.
El día siguiente amaneció domingo.
Otra vez por la mañana, su cuerpo dormido a contraluz. Podría estar días observándola, pensó, era preciosa, ningún pintor hubiese sido capaz de captar aquella piel, aquella luz, aquel olor aquella vida que desprendía por cada poro de su piel.
– Buenos días Sofía, le susurró. Tengo que ir a abrir la carnicería que es lunes, y debería recoger mi coche antes en la gasolinera, te importa acercarme un momentito y ¿tomamos un café?
Ella lo miraba aún adormilada mientras Miguel le pasaba la mano por su pelo, con suavidad.
– Sí claro, claro que te acerco, y de paso me dices donde puedo comprar algunas cosillas que necesito para continuar mi viaje.
– ¿Viaje?
– Sí, claro. ¿Ver el mar? ¿Mi última mañana de hace cuatro días? ¿Recuerdas?
Como si se le hubiese caído encima la losa de un panteón, Miguel intentó disimular asintiendo con la cabeza. Aquello era lo más cerca que había estado de una relación con una mujer. Nunca antes se había fijado así en nadie ni sentido nada parecido, aunque hubiesen compartido solamente 3 días, aquello era complicado de digerir.
– ¿No te apetece quedarte más tiempo?
– ¿No te apetece venir? Dijo ella subiendo el hombro derecho y ladeando la cabeza.
– ¿Ir? ¿Ir yo? Tú no sabes lo que dices. Tengo una carnicería que atender, no puedo irme así sin más. ¿Los clientes? ¿Isolina? Imposible, yo no puedo irme.
– No quieres. Claro que puedes, simplemente valoras más otras cosas. Yo tampoco puedo no ir a ver el mar. Quizá luego sea tarde. Dicen que es enorme, azul, infinito…
Entre la charla de lo que se quiere, se debe, se puede y demás llegaron a la gasolinera, se separaron y quedaron para tomar un café cerca de la plaza que hay al lado de la carnicería. Sofía iba a comprar las cosas que necesitaba, y Miguel a despachar a su clientela.
Se pasó la mañana dando explicaciones del porque no había podido ir al entierro de Don Andrés y contando cómo había sido el incidente del banco, omitiendo en todo momento la figura de Sofía.
-¿Y si aquella mujer tenía razón? ¿Y si en ciertos momentos de la vida es mejor vivir?
-Qué tontería, -pensó, -si mientras estas vivo estás viviendo…
– ¿Y si vivir no es esto? Una batalla entre lo que había estado haciendo todos aquellos años, y las diferentes alternativas que le acechaban se instaló en su cabeza. Pensó en la posibilidad de poder coger unas vacaciones por primera vez y acompañar a Sofía a ver el mar, para poder estar más tiempo a su lado y seguir explorando ese sentimiento que había brotado en él. Quizá después, ella quisiese quedarse también un tiempo a su lado, y podría seguir con la carnicería.
Cuando llegó, ella estaba sentada en la terraza de la cafetería.
Tenía puestas unas gafas de sol de pasta marrón que escondían por completo la expresión de sus ojos. Miguel acercó un poco la silla y se sentó a su lado mientras la saludaba. No sabía muy bien cómo actuar, si debía mostrar afecto y besarla, o si por el contrario ese café simplemente era el formalismo de una despedida anterior. Optó por sonreír y estudiar sus gestos.
– ¿Qué tal ha ido la venta? ¿Aún queda carne en el mundo? Le preguntó en tono jocoso, intentado romper ese estado, del que también ella se había percatado.
– Bueno, no ha ido del todo mal, pero también tuve que deshacerme de unos cuantos kilos de ternera que al no haber ido a despachar el viernes, pues claro, ya no estaban en condiciones, así que las he apartado para los perros del vecino.
– Estupendo.
– Estuve pensando toda la mañana…
Le empezó a decir mientras acercaba un poco más la silla y le hacía gestos al camarero para que le sirviera lo mismo que estaba tomando ella, un café con hielo.
– Me gustaría acompañarte, si es que quieres, claro, en ese viaje a ver el mar. Hace muchos años, toda la vida quizá, que no me tomo unas vacaciones, y la semana que viene, podría cerrarla entera.
– Vaya, ¿me estas pidiendo que sin apenas conocerte de nada, y sabiendo que cualquier día puede ser el último, retrase mi viaje por ti? Increíble la verdad. Y lo que me sorprende aún más es que por un momento, hasta me he parado a pensarlo.
Ella sonrío pero el silencio posterior a ese comentario daba por hecho que la respuesta era negativa. Miguel se quedó pensativo, analizando las diferentes opciones que aquella situación le ofrecía, pero la que más le gustaba, que era irse con Sofía y ver el mar era, al mismo tiempo, la menos racional de todas, ¿cómo iba a dejar el establecimiento cerrado sin haberlo planeado al menos con una semana de antelación? Sería una barbaridad el terminar con toda una vida levantando un negocio, luchando por ganarse el respeto de las personas que coincidían con él durante el transcurso de sus vidas.
Las tropas de la batalla, en su cabeza, cada vez tenían más enfrentamientos.
El no podía comprender esa urgencia por ver la costa, si siempre ha estado ahí a unos cientos de kilómetros, y no creía que se fuese a secar de la noche a la mañana. Le insinúo muy sutilmente ese pensamiento. Le explicó también, no sin cierta sensación de calor en la cara, que no conocía bien esos sentimientos pero que algo en su interior le empujaba a querer estar con ella, le causaba un cierto nerviosismo agradable, una atracción tan fuerte como la de la gravedad, contra la que no quería luchar.
– De hecho, es la primera vez en la que me planteo lo que te he comentado hace un momento, el cerrar el negocio una semana. Sólo tendrías que esperar unos días, no más de una semana. El tiempo necesario para avisar a clientes y a proveedores para que no me traigan mercancía. Solo te pido eso.
Lo cierto es que aquel par de días habían sido maravillosos e intensos para Sofía. Sabía, aunque ella no lo dijese, que también dentro de ella algo le pedía estar al lado de Miguel, y se moría por que la besase de nuevo.
– No se trata de vivir muchos días de sensaciones, se trata de que las sensaciones en esos días sean intensas… ¿No?
Levantó las cejas y esbozó una sonrisa mientras se apartaba el pelo de la cara y lo apoyaba detrás de la oreja.
– No lo sé, pero de momento, -dijo mirando el reloj de la muñeca de Miguel, – creo que podíamos comer algo, tengo hambre. ¿Tú no?
Asintió con la cabeza y se incorporó sin tener muy claro cuál había sido la respuesta final. Se dirigía, llave en mano, hacia su coche cuando ella le dijo que prefería ir en su vieja furgoneta, si no le importaba. Así que ambos se montaron y ella encendió el motor.
– ¿Que te apetece comer?
– ¿Me trae la cuenta cuando pueda? ¿Qué te ha parecido la comida? Es la primera vez que entro aquí, pero he oído hablar mucho de este restaurante en el pueblo.
Lo cierto es que no había comido nunca en ese local, ni en ninguno. Su vida había pasado entre la carnicería, el coche y su casa, a excepción de los días que por romper la rutina, salía al supermercado llenar un buen carro de alimentos para pasar el resto de la semana y llenar la despensa de casa.
– La comida deliciosa. Un poco salada quizá, pero muy buena. Y a mayores, creo que me quedaré unos días a esperarte, quizá la semana, no se…
A media noche lo despertó el camión de la basura por la calle. Estaba desnudo, boca arriba, con su cabeza apoyada en el pecho y la otra mano sobre su hombro. Fuera, sobre el mundo, una enorme luna llena iluminaba la ciudad. Su luz atravesaba la ventana, medio abierta por lo calurosa de la noche e iluminaba la habitación. Ella como siempre, mitad sueño mitad realidad. Su piel esta noche, en blanco y negro lunar, entres sombras, etérea, infinita, lo llenaba todo.
La observo hasta quedarse dormido de nuevo cerca ya de las cuatro de la mañana.
Sonó el despertador a las pocas horas, lo apago y sentado sobre la cama, con sueño por lo poco que había logrado dormir y tras mirarla durante unos minutos, decidió irse sin despertarla.
-Total, no tiene nada que hacer durante la mañana, así que descanse.
Sobre la mesa le dejó un brick de zumo de naranja y un paquete de galletas, después de rebuscar por las alacenas algo más, aún a sabiendas de que nunca había comprado otra cosa de desayuno que no fuese zumo de naranja y galletas. Al fin y al cabo solo desayunaba en casa un par de veces al mes.
Apoyado en el vaso de cristal, un nota
“A veces, el tiempo pasa…”
La mañana parecía no terminarse nunca. Los clientes se tomaban hoy las cosas con más tiempo y las horas se llenaban de minutos en la tienda de carne, como le gustaba llamarle a la carnicería, la hija del dueño del bar del desayuno.
Cuando el reloj de la báscula colgante marcó las dos de la tarde en punto, ya salía Miguel por la puerta, tras dejar todo fregado y recogido. Debía ser la primera vez que sucedida tal hecho, ya que esas tareas siempre las realizaba a puerta cerrada porque las consideraba poco apropiadas de cara a los clientes.
Durante el trayecto se fijó en las señales, en las casas, en las gentes, y ni siquiera buscó en la radio nada que escuchar, su aguja marcaba unas decenas más de su velocidad habitual para el mismo trayecto, y la ventanilla un par de centímetros más baja dejaba que el aire moviese el pelo de la parte izquierda de su cabeza con fuerza.
Aparcó el coche de cualquier manera, y apresuradamente entró en la casa dispuesto a invitarla a comer en la pizzería que le había recomendado esta mañana un cliente habitual.
Para su sorpresa, la mesa estaba puesta. Los platos perfectamente colocados, una botella de vino abierta y dos copas. Olía a carne asada, y pudo ver la luz del horno encendido. Se acercó a ella y esta vez la beso antes de que le entrasen dudas de si hacerlo o no. Al fin y al cabo, habían pasado ya varias noches juntos, desnudos y comiéndose a besos, nadie podría verlos allí dentro. Además era lo que más le apetecía en el mundo.
El beso fue correspondido con pasión por ella, que se apoyaba con las manos sobre la mesa mientras él le acariciaba la cara con las manos sin dejar de besarla. Bajo las manos por su espalda, lentamente hasta sujetarla fuertemente por la cintura y apretándola contra él, continuó, mordiendo suavemente sus labios y bajando su boca por la nuca, besando cada poro de su piel, oliendo su cabello, mientras sus manos trepaban por su espalda.
Se habían olvidado por completo de la carne del horno, de la mesa y del resto del mundo cuando él le quitó la blusa, dejando sus pechos firmes al descubierto, y continuó recorriéndolos con las puntas de los dedos, sin prisa, con ternura.
Bebió los sorbos de vino más dulces, los que resbalaban por su cuerpo, los que desembocaban en sus muslos, desnuda ya sobre la mesa de la sala en donde se comieron sin prisa, hasta bien entrada la tarde.
La bañera rebosaba cuando ella entró y se tumbó de espaldas, apoyada en su pecho, la música se filtraba por las rendijas de la puerta del cuarto de baño, desde el tocadiscos del salón y dibujaba formas entre las nubes de vapor. Sus piernas eran infinitas, rectas, bien formadas, las sacaba del agua como una sirena, para volver a sumergirlas lentamente. Miguel le besaba la cabeza, le acariciaba el pelo con su barbilla, rodeaba su vientre con las manos, la olía. Se sentía lleno de vida cuando la tenía cerca, cuando no existía nada más que ella.
Una hora después seguían en la bañera, habían hablado de su niñez, de las chiquilladas del colegio, de cada una de las historias con las cuales el tiempo había marcado su piel, de esas cicatrices de las que nos sentimos orgullosos. De las que veinte años después recordamos el dulce dolor con el cual se producían, y las que no cambiaríamos por nada.
– ¿Ves esta de la rodilla? Aun me río cuando me acuerdo. A mi primo le habían regalado una bicicleta nueva, roja, con un gran porta bultos detrás. Nos subimos detrás Luis, el vecino de arriba de casa de mis padres, y yo. Mi primo agarrado al manillar cuesta abajo, por delante de la plazoleta de la iglesia todo iba perfecto hasta que empezó a hacer eses con la bicicleta, cada vez más rápido y sin control sobre la dirección. – Miguel, recordando ese percance, tenía los ojos llenos de ayer, con una sonrisa pícara. – Pues aterrizamos unos encima de otros, sobre la grava del suelo, sangrando por las rodillas, y con las manos raspadas. Luego venía el castigo al llegar a casa con la ropa hecha harapos y el alcohol en las heridas…. que diferente era todo…
Ella, tumbada sobre un costado encima de él, con el agua ya más tibia, se reía a carcajadas mientras Miguel seguía dramatizando los recuerdos de esa época de su vida y gesticulando con manos y muecas.
Mientras se vestían, él le propuso ir hasta el mirador, desde allí arriba la vista era preciosa, se podía a lo lejos ver las grandes ciudades, que amenazaban con arrinconar los pueblos como ese. Además, no subía allí desde hacía muchos años. Y luego, podrían ir a cenar a la pizzería. Estaba ansioso por mostrarle la pizzas, que nunca había probado allí, pero que como le habían dicho esa tarde, será un lugar donde poder quedar bien.
– Pues me parece buena idea el subir a ver ese mirador, pero preferiría llevar unos bocadillos, y algo de beber y poder estar allí, siempre que sea un lugar realmente precioso y solitario. Vaya, que si lo ves bien. Después del día que llevamos no me apetece el ruido de ningún local, lo podemos dejar para mañana. Además, – dijo con mirada cómplice y sonriendo, -tenemos la carne asada y tenemos pan…. ¿Qué dices?
Asintió con la cabeza y dijo que iba a buscar una bolsa o algo para poder meter las cosas. Se fue pensando en lo extraño que le parecía eso. Dos personas adultas y comiendo un bocadillo, dentro de un coche, en el medio de una montaña. Como si de dos escapados de la guerra que le había contado su padre se tratase, o hippies o cualquier mercader ambulante, aunque esos, también preferirían un buen local, en donde no hay más que pedir para que te atiendan. Pero si es lo que ella quería, como la pizzería estaría en el mismo lugar mañana, pues sobraba el tiempo para mostrarle los manjares italianos.
Otra vez ella pidió ir en la furgoneta, así que otra vez el ventilador verde dando vueltas creaba senderos del aroma de su perfume por el aire del vehículo, mezclados esta vez con el olor de la carne asada.
Unos treinta quilómetros había desde la casa de Miguel hasta el mirador. La carretera poco a poco se volvía más estrecha y pendiente, dejando al lado izquierdo un inquietante abismo oscuro, sin protección ni cuneta. Solamente algunas rocas que se habían desprendido, marcaban alternativamente los límites a no traspasar.
Llegaron al mirador. Había un pequeño aparcamiento de grava suelta, con dos bancos y un contenedor de basura verde. A la izquierda un mural de madera en donde se explicaban las vistas de la zona, la formación de la cordillera y la fauna que se podía ver con un poco de paciencia. Debajo, firmas de gentes que habían pasado por allí y grababan su amor en la madera enlazando los nombres con corazones.
Había algo de niebla y apenas se podían distinguir las luces de las casas a lo lejos, ni la forma de las montañas. La luna se adivinaba, llena aún, por encima de las nubes.
Ella se encendió un cigarro y se asomó a la barandilla de madera, levantando la cabeza y dejando que la suave brisa le apartase el pelo de delante de la cara. Miguel se puso a su lado y apoyo la mano sobre la de ella.
– Cierra los ojos Miguel. ¿Lo sientes? Cierra los ojos, respira, imagina el infinito. ¿No entiendes nada verdad? No trates de hacerlo. Entender las cosas no hace que tengan más sentido. Simplemente siente. Siente el aire rozarte la cara, el pelo, las manos, nótalo en cada poro de tu piel. Escucha tus latidos, tu respiración. Escucha el silencio y despójate de todo lo que te ronde en la cabeza. Roza mi mano, empápate de su calor.
Una nueva sensación desconocida había tomado posesión de su persona. Una especie de paz interior, de relajamiento, de magia. Su ser, había entrado en un bucle de estímulos del cual le era imposible soltarse, estaba poseído por aquella esencia.
Ni siquiera estaba siendo consciente del tiempo que transcurría, agarrado a la barandilla, de la mano de Sofía. Asomado al abismo, por primera vez con los ojos cerrados estaba observando el mundo, sintiéndolo, navegando por su interior.
El sonido de un motor, como si del despertador de su mesilla se tratase, los despierta del delirio de vida y los posa otra vez, en el mismo lugar, con las manos sobre la barandilla, y al abrir los ojos algo ha cambiado.
La niebla se ha ido completamente, dejando ver las estrellas artificiales de la ciudad, a lo lejos, amarillas, surcadas por las luces de los coches, a modo de estrellas fugaces. Un universo bello, artificial, creado por la mano del hombre.
– Increíble. Había estado hace años muchas veces aquí arriba y jamás había sentido nada parecido. Lo cierto es que ni aquí ni en ningún otro lugar había sentido esto. No sé qué decir. Esto es como despertar de un sueño, como cuando intentas explicar algo que has soñado, pero que no recuerdas exactamente y ni siquiera tienes claro que existan palabras que lo puedan describir.
– Sí, -sonrió ella, -las primeras veces impresiona. Da como vértigo. Es una especie de lluvia de sensaciones, de sentimientos, lo cierto es que no sería capaz de explicarlo. Lo que te puedo decir que se acaba volviendo necesario. Poca gente se para a sentir. A sentir sin más. Notarse vivo, sin cargas mentales, ni sociales, ni culturales ni nada, como una planta o un ave posada al sol, disfrutando de la vida, vida, vida,…. sin más…
Después, poco a poco, tras permanecer un rato abrazados se fueron hacia la furgoneta de Sofía. Había pasado ya más de una hora y decidieron comer lo bocadillos. Mientas el abría las bolsas pensaba en lo incomodo que sería comer en el puesto de copiloto, y por supuesto, ella, con el volante peor lo tendría, pero la experiencia valía con creces esa pequeña incomodidad.
Ella abrió la puerta del lateral izquierdo de la furgoneta y se coló de un salto en la parte de atrás, la parte que él no había conseguido ver, siempre tras la cortina negra.
Un extraño ruido en la zona trasera le intrigó realmente y pregunto.
– ¿Va todo bien? ¿Y ese ruido? ¿Necesitas ayuda?
– Sí, no te preocupes, dame un minuto simplemente.
Tras un minuto que duró algo más de cinco, y con Miguel aún ausente, pensando en el viento, en los poros y en todo, ella le dijo, ya puedes pasar, entra por la puerta de atrás.
Abrió la puerta de su lateral y se quedó con la boca abierta. Los asientos de la parte de atrás parecían el sofá de una casa, tenían hasta cojines. Ocupando el lateral del otro lado había un mueble con persiana de corredera, un pequeño hornillo y una pileta a modo de vertedero. Todo ello con una sensación de amplitud totalmente imponente tratándose de un vehículo. Detrás del puesto de conducción un taburete daba acceso al techo, que para su sorpresa también se había elevado, dejando un paso por el que subir.
– ¡Sorpresa!, Te invito a cenar en mi ático, le sonrió desde arriba, mientras le tendía la mano para coger la bolsa con la cena.
– ¡Pero qué demonios! Jamás habría imaginado nada parecido. ¡De dónde has sacado semejante vehículo! – Le contestó el con cara de sorpresa y riéndose.
La parte de arriba le impresionó aún más. La base del techo era un colchón de cama, del tamaño de una cama normal, montado sobre láminas flexibles de madera. Los laterales de material plegable, color crema, con dobleces a modo de fuelle, con soportes en las esquinas, para poder colocar objetos. El techo, eso sí dejó a Miguel sin habla. El techo era totalmente transparente. Había retirado una cortina como la de las ventanas que salían en la publicidad que le enviaban a casa. Pero del tamaño de la cama.
Se tumbó mudo, observando el cielo. La luna, blanca, enorme, eterna, tan cerca aquella noche. Y las estrellas, el universo, todo. Tenía todo sobre él.
Ella se tumbo a su lado, cabeza con cabeza. Muda, observando.
– ¿Las contamos una a una? ¿Y esperamos a ver como mañana se van apagando lentamente al salir el sol?
– Me quedaría para siempre así. Hoy no necesito nada más. Y quizá mañana tampoco. Es hermoso.
Comieron los bocadillos, sentados, apoyados contra el lateral, mirando al cielo y hablando sobre lo pequeño que se siente uno cuando todo un cosmos amenaza desplomarse.
Ella bebió un trago y le contó. Con el paso del tiempo se había empezado a cuestionar prácticamente todo, las cosas más triviales, las más profundas. Acciones como la necesidad de desayunar, comer y cenar en los horarios habituales. Realmente era absurdo, una herencia cultural. ¿No sería más lógico el comer simplemente en los momentos del día en los que se tenga realmente hambre? Qué más dará comer a las dos que a las cinco… en ese tipo de cosas, se perdía su mente habitualmente.
Miguel escuchaba, añadiendo tropas de combate en su cabeza. Esa mujer estaba instalando un desorden en su mente. Los cajones de las rutinas más arraigadas estaban ahora abiertos, descolgados, con las ideas tiradas por el suelo. Lo peor que desde su punto de vista no encontraba argumentos con los que rebatir aquellas posiciones. Rápidamente perdía posiciones.
– Los sentimientos, – continuó ella, – le damos más importancia a la alimentación del físico que a la del alma. Pues yo prefiero estar feliz, y sin haber comido, que comiendo en soledad los más grandes manjares. No damos importancia a las carencias nutritivas de nuestro interior, tenemos una batalla contra el físico que no nos deja disfrutar de todo ese mundo interior. ¿Te aburro verdad?
Mudo, simplemente se limitaba a mirar el universo, las constelaciones, mientras ella seguía desordenándolo todo, dibujando nuevos caminos con sus palabras.
Cuando el sol asomó por encima de la montaña, iluminó el interior de la furgoneta. Se habían quedado dormidos mirando el cielo.
– ¡La carnicería! Son las nueve, voy a llegar tarde. Sofía despierta.
Le tocó con la palma de la mano en el hombro, moviéndola lentamente. No se fijó en la luz en su piel. Como si hubiese sido un sueño olvidado en su cabeza, los cajones cerrados, y las nuevas ideas dentro dieron paso a la razón, al compromiso con sus clientes, y en cuanto Sofía recogió el techo del la furgoneta bajaron dirección a la carnicería.
Durante el trayecto fueron prácticamente mudos. Ella aún algo dormida, y un poco molesta por haberse despertado de forma tan brusca y haber tenido que abandonar aquel lugar, en donde, de encontrarse ella sola, hubiese pasado la mañana entera, disfrutando las preciosas vistas y el silencio
Miguel pensaba en que iba a llegar media hora, tarde, sin ducharse y con la ropa arrugada de haber dormido con ella toda la noche. ¿Se darían cuenta los clientes? ¿Qué pensarían de su dejadez? Los minutos volaban y parecía nunca llegar el destino.
Ya estaba Isolina en la puerta, mirando con descaro su reloj de pulsera cuando se bajó de la furgoneta y le dijo adiós a Sofía. Había quedado de recogerlo a las dos de la tarde.
– Vaya, nos hemos quedado dormidos esta mañana Don Miguel, y aparentemente con la ropa puesta. -Le dijo en tono sarcástico Isolina.
– Pues la verdad es que se me ha averiado el coche, y he tenido que pedir ayuda para llegar.
Fue lo primero que pasó por su cabeza para no tener que darle explicaciones a esa mujer, que sabía que luego distorsionaría la respuesta e iría esparciéndola por todo el pueblo.
Se quitó la camisa y se colocó la que guardaba en la trastienda para los días en los que se manchaba la ropa.
– Por lo menos detrás de la nevera no me verán las arrugas de los pantalones. -Pensó

Habían dado las dos de la tarde e impaciente, con todo recogido y fregado esperaba ansioso delante de la puerta de entrada, que apareciese Sofía para ir a comer, esta vez en la pizzería.
Pasaban un poco de las dos y media cuando apareció la furgoneta. Paró delante y Miguel se subió.
– Perdona el retraso, pero he tenido que parar un momento en la farmacia.
La miró nuevamente y le pudo ver bajo el pelo que le ocultaba la frente una marca como si se hubiese dado un golpe.
– Tienes roja la frente, y mala cara. ¿Qué te ha pasado? ¿Te encuentras bien?
Ella sonrió, y le restó importancia.
– No es nada, simplemente me he mareado un poco y no me he fijado en donde me apoyaba y me he golpeado contra la ventanilla. Nada, una tontería, pero he parado a mirarme la tensión en la primera farmacia que he encontrado. Un poco baja, no te preocupes que comiendo se me pasará.
Puso la mano sobre la pierna de Miguel y le sonrío.
La pizzería olía fuertemente a orégano y albahaca. Los hornos que tenían detrás de la barra, caldeaban el ambiente y la temperatura era un poco más elevada que en el exterior, ya de por si caluroso. El local no era muy grande, pero la disposición de las mesas, separadas por biombos de bambú le daba una sensación de amplitud e intimidad. Sonaba una música instrumental ligera y fresca.
Estudiaron la carta y pidieron una pizza con el nombre del local, etiquetada como la especialidad de la casa. La misma que le habían recomendado pedir el día anterior en la carnicería.
– Bueno, cuéntame… ¿Por qué el mar? ¿Por qué esas ganas locas de verlo? Al fin y al cabo no es más que una enorme cantidad de agua salada. -Sonrío Miguel.
Bebió un gran trago de agua, apoyó los codos en la mesa y se echó un poco hacia delante, como si fuese a desvelar un secreto, mirando para los lados y le explicó.
– Desde niña, me han fascinado las historias de piratas. Duros marinos que vivían de forma bohemia, sin casa, sin rumbo, sin ley ni destino, a la caza de sus sueños, buscando sus riquezas. Islas escondidas, noches bebiendo ron en cubierta, a la luz de la luna. Amores imposibles. Cánticos de sirenas, criaturas mitológicas…. me resulta mágico. Quiero oír las historias que cuentan las olas. Sentir esa sensación que tantas veces he escuchado del sabor del salitre en la piel. Ver azul hasta donde alcance mi vista. Ver ponerse el sol, tiñendo la superficie de rojo, sintiendo como el aire se vuelve incandescente… y al rato la luna. Los reflejos plata de la luna sobre las olas, tumbada en la arena. Al calor del fuego. Me cuesta aceptar que eso no va a formar parte de mis recuerdos. Todo eso, se ha vuelto una obsesión. Un recuerdo que grabar para saldar mis fantasías de cuando niña.
– Vaya. No sé qué decirte. Todo eso suena fantástico. Cuando describes las cosas las llenas de vida, les das unas pinceladas de color que haces que el resto de cosas que uno pueda percibir se sientan como un mero resumen. Les das una carga increíble.
Le tendió la mano, y sujetó las suyas con firmeza.
– Lo cierto que toda tu me pareces increíble. Eres maravillosa. Preciosa. Ojalá el destino nos hubiese cruzado mucho antes en la vida.
Ella solo sonrío y volvió a beber agua.
– Nunca es tarde para empezar a vivir. Yo lo he empezado a hacer hace muy poco tiempo, también.
A menudo vivimos ciegos. No queremos ver las cosas, porque nos resulta mucho más cómodo así. Menos decisiones que tomar, menos explicaciones que dar, y más tiempo para perder el tiempo, perdiéndolo sin más. Creemos que hay que coleccionar el mayor número posible de objetos, y hacer el mayor número de cosas. ¿Para qué?, me he preguntado yo hace unos días. Si total, como dice ese tópico, todo se quedará aquí cuando todo termine. Nadie me llorará eternamente.
– Mujer, tampoco puedes pensar así. – Interrumpió Miguel. Sino todos haríamos lo que nos diese la gana.
– ¿Qué crees tú que pasará ahora con tu amigo, o conocido, o vecino muerto? Lo llorarán unos días, meses, quizá muchos años, pero su recuerdo también acabará muriendo cuando la última persona que lo haya conocido se muera también. Nadie podrá devolverle cada beso que no ha dado. Cada charco en el que no ha saltado, o hacerle vivir todo lo que hubiese querido hacer y que el tiempo no le ha dejado. El quiosco desaparecerá y todo pasará a ser nada. Esa es mi meta. Dejar menos nada y llenarme más de todo.
La pizza estaba en su punto, rica y jugosa. Pidieron también tiramisú de postre y café.
Entre las conversaciones, entre lo importante de vivir y recuerdos de sus fantasías de piratas, cuando la cama se convertía en un navío ágil y poderoso, se les pasó la tarde y cayó la noche.
Llegaron a casa de Miguel tras haber tomado una cerveza en el bar en donde había surgido su primer beso.
Ya en la cocina de casa, cuando se acerco para darle una cerveza y un beso se fijó en el golpe de la frente, se había vuelto más oscuro y del tamaño de una rodaja de limón.
– Vaya golpe te has dado, tienes un cardenal enorme. Creo que deberías ir mañana a que te echaran un vistazo en el centro de salud, por lo menos para que te den algo y que se borre pronto. ¿No te duele?
– Te he dicho que no te preocupes, no es más que un simple golpe sin importancia.
Agarró la cerveza y le dio un trago largo.
Apoyados en el mármol de la cocina se besaron largo rato, se miraron a los ojos, se acariciaron, y se fueron hacia la cama en donde otra noche, se devoraron a besos y amor.
Estaba haciendo una lista de los teléfonos de los proveedores de carne a los que tenía que llamar para que no le sirviesen mercancía la siguiente semana, y barajando la forma en la cual se lo iba a decir a sus clientes. Sabía que lo entenderían, o eso quería creer. Tras tantos años sin cerrar, quizá hubiese perdido ese derecho universal a las vacaciones.
– Buenos días Don Miguel, -dijo la voz que cada día entraba por esa puerta, la señora Isolina, que parecía comer carne todos los días, lo cual siempre le había llamado la atención, pero que nunca comentó por si le pudiese parecer mal. -La gente a menudo es extraña. -pensó.
Buenos días Doña Isolina, que alegre la veo esta mañana. ¿Qué va a ser?- le preguntó afilando el cuchillo de cortar los filetes.
– Pues ponme unos trozos de carne para guisar, así como cuatrocientos gramos, y luego cógeme nota del pedido para la semana que viene, que es la fiesta del pueblo y vienen mis hijos de la ciudad.
Su rostro se volvió pálido. – Me había olvidado de la fiesta. ¿Cómo voy a cerrar la carnicería la semana más fuerte del año? – Si hacia eso sí que sería señalado en el pueblo y nadie le volvería a comprar la carne, se quedó pensando.
No sabía lo que hacer. Ahora tenía un serio problema. O perder lo que había estado haciendo durante toda su vida, aunque esa fuese rutinaria y monótona, hasta ahora le había servido para pasar los días. O decirle que no podía irse con ella el lunes a ver el mar. Ya le pidiera una semana. Seguramente si le pidiese otra ella no aceptaría y vería irse al que ya empezaba a considerar como el amor de su vida. Tal como entró saldría de su mundo, se iría su pelo, su sonrisa, su cuerpo desnudo a contraluz. Esa extraña forma de enlazar las palabras, de describir el mundo. Todo eso parecía tener más peso que el de la carne que pudiese despachar, pero por el contrario, solo comentarían en el pueblo que al final, Don Miguel habría dejado morir el negocio que su padre, con mucho esfuerzo, había conseguido levantar años atrás. Y todo por una mujer, habría dejado todo por una mujer.
Cuantas veces había escuchado historias semejantes, en las que sintiéndose con la capacidad de juzgar, sentenciaba, falta de sentido común, madurez y responsabilidad a los que huían dejando todo atrás.
Comieron en casa aquella tarde. Ella había vuelto a preparar la comida y le esperaba con la mesa puesta.
Miguel no comentó nada de lo que había sucedido en la carnicería, solamente escuchaba y contestaba a las preguntas de Sofía sobre su pasado, y sobre su historia, con el pensamiento, en segundo plano, del grave problema.
La tarde transcurrió tranquila, pasearon por la ciudad, se sentaron a orillas del riachuelo que pasa por debajo de la Iglesia, en donde unos olmos daban sombra a dos bancos de madera que había colocado el ayuntamiento en las navidades pasadas.
Allí le explicó ella, en lo que había trabajado. En como de ocho a cuatro de la tarde, cinco días a la semana, sentada en una silla no hacía otra cosa que envasar bombillas de cristal en cajas.
– Mecánicamente, sin hablar con nadie. Ocho horas de cada día de mi vida actuando como una máquina. Te vuelves loca. De verdad. Me sentía como una pieza de un engranaje, inerte.
– Hasta que decidiste dejarlo, ¿No?
– No, hasta que decidieron despedirme.
El puso cara seria, como si quisiera pedir perdón por el comentario, pero ella continuó,
– Me desmayé cuatro veces durante el último mes que estuve allí. Me caí de bruces contra la cinta que transporta las bombillas y me corte la cara, cortes superficiales pero les di un buen susto con tanta sangre. Yo creo que mi cuerpo quiso prescindir de tener conciencia para una labor tan simple, -bromeó, – pero se asustaron por si me llega a pasar algo más grave y tenían que indemnizar por accidente laboral. Así que a la calle.
Siguió contándole que aquello ayudó junto con otro percance, a tomar la decisión de despojarse de todo, casa, posesiones y decidir partir en busca de su isla secreta y su tesoro de niña.
– Con parte del dinero de vender la casa me compré la furgoneta, como has visto es mi pequeña “embarcación pirata” tiene cama, cocina, sofá, calefacción y bueno, que me sobra para recorrer mundo. Me hubiese gustado que fuese un barco real y surcar mares, pero me ha tocado nacer en el sitio equivocado para eso. Quizá en otra vida…
El seguía bastante intranquilo por el secreto que ocultaba y no encontraba momento en el que decirlo. Le aterrorizaba la idea de que ella antepusiese su tan deseado mar a querer quedarse más tiempo en aquel pueblo.
– Seguramente, alguien como yo, sea fácil encontrar, no tengo nada que me diferencie de cualquier otro hombre serio y aburrido, -pensó
En lo que restó de día tampoco fue capaz de decir nada sobre el tema.
Al día siguiente, los clientes, a ratos, hacían cola para encargar la carne para las comidas familiares de la semana siguiente, y él uno a uno, les iba tomando nota, mientras sentía sobre sus hombros todo el peso de la mercancía, y su estómago se iba haciendo más y más pequeño. Ya no había marcha atrás.
Habían quedado para comer cerca del embalse una tortilla, con vino y mantel de cuadros rojos, al más puro estilo de una vieja película.
Dieron las dos y la furgoneta se detuvo delante de la carnicería. Ella traía puestas las gafas, de sol, una blusa azul y una falda blanca. La marca de la frente se disimulaba con el mechón de pelo que se había dejado suelto.
Ella le preguntó que tal la mañana, si había tenido mucho trabajo. El, preparando el terreno le contestó que sí, que la verdad que mucho trabajo, que un montón de gente, pero derivó explicando el problema que había tenido uno de sus clientes con la compañía de teléfonos. De este modo tendría más tiempo para preparar lo que le diría durante la comida. Lo imposible que le resultaba el poder viajar la siguiente semana, aunque era lo que más deseaba.
El lugar era de un intenso color verde. Las copas de los arboles, enormes, majestuosos, asomaban sobre el río, cubriendo prácticamente dos terceras partes de su cauce. El agua transparente parecía frenar su carrera hacia el mar, del mismo modo que Miguel estaba frenando la de Sofía, en ese recodo, se volvía lenta y las hojas muertas, flotaban dibujando espirales entre las raíces de los márgenes.
Un puente colgante comunicaba los dos lados del río. Simétricos, ambos con mesas de madera, donde las tardes calurosas de verano, como aquella, se reunían las familias para refrescarse un poco a la sombra y poder disfrutar de una comida de campo. O simplemente pasar la tarde descansado sobre la hierba.
Colocaron el mantel sobre la mesa, los platos y dos copas de cristal. En el medio una tortilla, pan y una botella de vino que descorchó Miguel con una navaja suiza, de esas que tienen una infinidad de cosas, que raras veces sirven para algo y que siempre guardaba en la cesta. Colocó los tenedores y sirvió el vino.
Se besaron y brindaron, -Por la vida, -dijo ella.
– Por ti, -sonrió Miguel.
– Mira, -señaló Sofía a dos niños que jugaban cerca. -Es maravilloso el poder de la imaginación, que pena que el crecimiento nos lo arrebate. Ojalá pudiésemos sumar años sin restar ese tipo de facultades. Poder volar sólo con estirar los brazos, convencidos de que llegaremos a las nubes, sin miedos. Sin buscarnos problemas en sitios en los que no los hay. Desterrar el día de mañana de nuestros actos. Preocuparnos por el único momento que realmente existe, el ahora. Inventar palabras, verbos, con inocencia e ilusión. Caer cada noche rendidos de experiencias, soñando ya antes de que la cabeza roce la almohada.
– Sofía, necesito otra semana para poder cerrar la carnicería. -dijo en voz baja, haciendo añicos toda la magia que ella acababa de sembrar en el aire con sus palabras.
– ¿De qué estás hablando? -le contestó conociendo perfectamente la respuesta.
– Lo siento. Ya ni me acordaba de que la semana que viene son las fiestas del pueblo. El acontecimiento más importante que tenemos por aquí. Aún por encima la carne es plato típico de la zona, como ya te había comentado. No puedo cerrar ni de broma esa semana. Pero míralo por el lado bueno, hay atracciones, música y pasacalles. Seguro que también te divertirás, y luego ya no habrá ningún impedimento ni imprevisto para no ir a ver el mar, la playa y lo que quieras.
Se quedó en silencio, removiendo el vino en la copa, mirándolo, aunque su mente estaba más distante. Se había enamorado de Miguel, no quería separarse de él, pero tampoco quería quedarse una semana más allí. ¿Y si fuese su última mañana? No sabía qué hacer, ni que decirle. Levantó la vista y lo miró. El estaba serio, con el rostro apagado. Verdaderamente aparentaba estar dolido por la decisión que estaba tomando.
– Esperaré una semana más. Lo hago porque siento que me estoy enamorando de ti, y me gustaría que fueses tú la persona que comparta conmigo la búsqueda de esa isla perdida. Por favor, pero solo una semana más, no me gustaría dejar morir mi sueño.
Miguel la abrazó fuertemente, la besó, la acarició y permaneció abrazándola largo tiempo. Besándole la cabeza, como escondiendo la mirada, sintiéndose culpable de haber frenado la búsqueda de su sueño. Al menos durante un par de semanas.
Los días que se sumaron al calendario fueron similares. El se iba a trabajar por las mañanas, y ella se quedaba descansando, haciendo alguna tímida incursión en las labores domésticas de una casa que no sentía suya, pero en el cual se sentía increíblemente cómoda.
Hubo días en los que rebuscaba por los cajones y armarios de la cocina, y preparaba la comida para cuando el llegaba. Otros días comían en algún sitio fuera, o le enseñaba rincones de la zona, construcciones antiguas, paisajes, o simplemente lugares curiosos.
Su amor fue creciendo a medida que iban sumando vivencias y recuerdos a sus vidas. Pasaban juntos todo el tiempo que podían, charlaban largas horas, reían hasta caer de espaldas, y todas las noches terminaban desnudos, abrazados durmiendo.
Miguel seguía observándola por las mañanas. Su cuerpo desnudo, durmiendo relajado con aquella luz se había convertido en su droga. Era la imagen más bonita que sus ojos habían presenciado, y tenía muy claro que nada podría ya arrebatarle esos momentos mirándola en silencio.
Llegó por fin el último día de la fiesta del pueblo.
Las calles habían sido adornadas con farolillos, bombillas de colores y banderas de papel. En la plaza los niños jugaban con los petardos y los cohetes que salían silbando sin rumbo hacia el cielo. Las afueras habían sido tomadas por los camiones y caravanas de los feriantes, con sus perros amarrados en los bajos de los vehículos y la ropa colgada a secar en las ventanas.
En la plaza central se había instalado el escenario para la orquesta, y en forma de semicírculo las atracciones para los niños. Había una pista de coches de choque, una tómbola, una especia de tren que se deslizaba por una vía, una noria y puestos que vendían juguetes y golosinas.
De la otra parte estaban el bar ambulante, con un gran toldo amarillo de lona, gastado ya de tanto andar deambulando, y los puestos de bocadillos, churros y algodón de azúcar.
– Seguro que con la música, la fiesta y las atracciones, al final no le parecerá tan mala ideal el haberse quedado unos días más por aquí, -pensaba de camino a casa, mientras cruzaba el pueblo. Hoy había salido un poco más tarde ya que se le duplicaba el trabajo durante esos días. De todos modos, ya la había avisado, de que trabajaría lunes y martes duramente, pero que el tercer día de fiesta ya nadie compraba prácticamente nada y saldría a su hora. El jueves iría a liquidar la poca carne que pudiese quedar y el viernes sería su primer día de vacaciones.
Saldrían por la mañana temprano y viajarían todo el día. El sábado estarían sentados los dos sobre la arena, mirando el mar, libres, sin preocupaciones, los dos.
Comieron en casa y después de recoger todo se sentaron un rato en el jardín, mientras ella se encendía un pitillo él se servía una copa de whisky, después de todo, era la fiesta del pueblo.
Estuvieron tumbados sobre la hierba, mirando el cielo. Ella apoyando la cabeza sobre el pecho de él, hablando bajito, como si el mundo durmiese alrededor.
– Aquella nube parece un dragón, señaló ella con el brazo hacia el cielo.
Al levantar el brazo, por la parte de atrás, le pudo ver otra gran marca oscura, parecida a la que se había hecho en la frente.
– ¿Que te ha pasado en el brazo? -preguntó mientras se lo sujetaba para mirarlo más de cerca. – ¿Te has dado otro golpe?
– Sí, me he rozado un poco esta mañana cuando salía de darme una ducha, nada grave, tonterías. Estuve un buen rato con el agua bastante caliente y me debí de marear un poco otra vez y me resbale, pero no te asustes, que no llegue a caerme ni nada.
Asintió con la cabeza, pero lo cierto es que si que se quedaba bastante preocupado. El, que era hipocondríaco hasta límites insospechados, hubiese ido al centro de salud a hacerse todo tipo de pruebas y averiguar de qué extraña e incurable enfermedad se trataba. Eso era lo que pensaba cada vez que algo le ocurría,
Cuando el reloj señalaba ya las nueve de la noche, se arreglaron y salieron a la calle. Decidieron ir caminando para poder empaparse más del espíritu festivo, y poder disfrutar del ambiente.
Prácticamente todo el mundo estaba ya en la calle, la música llegaba, empujada por el viendo desde el centro del pueblo, unida al vocerío. Los niños corrían por las calles con molinillos de viento y escopetas de plástico que disparaban tapones de corcho.
Tomaron una cerveza en la terraza del primer bar en el que encontraron sitio. Hablar era complicado, entre los petardos, los gritos y la música, así que se dedicaron a acariciarse las manos, sonreírse y observar el gentío.
El sol se había ido ya por completo cuando la orquesta comenzó su actuación. Las demás atracciones bajaron el volumen de sus canciones y por fin, se distinguía una única melodía. Un tango antiguo, pasional y desgarrador que dio paso a una sucesión de boleros y pasodobles.
Llevaban ya cuatro cervezas cuando otra vez las manos de Sofía secuestraron a Miguel hasta el centro de la plaza, a apenas tres metros del escenario. Esta vez no se resistió. Después de robarle una semana, no podía negarse, y en el fondo le había gustado la sensación de flotar con la música, abrazado a ella, sintiendo sus pechos, oliendo su pelo, y recordando sus sensuales movimientos de cada noche. Sus ojos enlazados los aislaban del resto de vecinos. Aquella era su fiesta personal.
La amaba. Estaba totalmente convencido de ello. Le había dejado de importar lo que pudiesen pensar de el al verlo abrazado a aquella forastera, besándola con pasión desmedida en plena plaza, rodeado de todo el pueblo. Solo le importaba ella.
Cuando la orquesta anunció un descanso de media hora, la agarro por la mano.
– Ven, me apetece hacer algo que nunca he hecho.
La guió entre la multitud hasta la noria. Una noria que apenas alcanzaba quince metros de altura.
– Nunca me he subido en una noria, pero esta noche es lo que siento dentro de mí. Me siento una noria. ¿Quieres?
– ¿Que nunca te has montado en la noria? ¿En serio? Te estás quedando conmigo, -le dijo mientras se reía a carcajadas.
Antes de que se diera cuenta estaba montado y subiendo hacia las estrellas en ella.
– Que sensación más rara en el estómago al bajar…. ¿La notas tu también o es el miedo? – la miraba, con cara de risa nerviosa y agarrado con ambas manos a los hierros de los laterales.
– Eso es la esencia de la noria, -se agarró y echando la cabeza hacia atrás dejo caer su pelo por fuera del asiento. Sonreía feliz, mientras las luces de colores reflejaban en su cara.
Comieron algodón de azúcar, de color rosa intenso. Bebieron más cerveza y probaron suerte en la tómbola. Tras varios intentos, se fueron con las manos vacías, ni el oso de peluche, ni la batidora, ni tan siquiera un llavero. Bajo ellos un manto de papelitos de colores, reflejo de todos los intentos fallidos de encontrar suerte.
Cuando la orquesta anunció la última canción de la noche, la gente empezó a retirarse, calle arriba la mayoría. Con paso torpe y agitando los brazos aquel pelotón vagaba, lentamente, sin prisa por llegar a la mañana siguiente. Deteniéndose en las esquinas para poder dialogar mejor.
Al llegar a donde la fuente, ambos se sentaron un rato en el muro, con los pies colgando sobre el cortado. Él le pasó el brazo por encima del hombro y ella apoyó la cabeza.
– Mañana todo lo que ves ante ti será azul. Tendrás tus pies descalzos sobre la arena, y las olas te acariciaran los pies. El mismo mar que esconde tantos secretos de barcos hundidos, esos barcos que navegaban por tus sueños buscando la fortuna, la fama… El mismo agua que baña otras tierras, donde flotan sin remitente, mensajes en botellas de cristal. -Ella había cerrado los ojos. Despertarás con el sabor a sal sobre tu piel, bañada de salitre y probaras su sabor de mis labios.
– Esta noche, te prometo el mar.
Cuando el río de gente empezó a disminuir, prosiguieron su paseo hacia casa. Parándose en cada esquina para besarse, acariciarse y reírse de las tonterías que tanta cerveza hacia salir de su bocas.
Miguel sentía como la vida corría al galope por sus venas. Nunca antes se había sentido tan feliz, tan lleno de lo que fuese que llenaba su ser.
Tomaron un refresco ya en casa, sentados en las escaleras del jardín. La luna, menguada ya, seguía iluminando la noche y tiñendo de tonos grises y azulados todo.
Ella miró el reloj, marcaba las seis de la mañana.
– Creo que mañana, en vez de salir de viaje, deberíamos descansar y hacer las maletas sin prisa. Con tanta cerveza no creo que estemos muy bien para hacer tantos kilómetros. ¿No te parece? Y aun tienes que explicarme una cosa en cama….. -Sonrío mientras se levantaba y le extendía la mano a Miguel.
– Me parece.
Se despertaron tarde al día siguiente, aturdidos y con la sensación de haber dormido poco. El no tenía que ir a ningún sitio ya. Había dejado todo recogido y las neveras vacías en la carnicería.
Desayunaron lentamente. Había zumo de naranja, café con leche y galletas. Mientras el recogía ella se fue a duchar para poder salir a comprar algunas cosas para el viaje, y llenar ya el depósito de la gasolinera. En la misma en la que se habían conocido.
Estaba intentando abrir la cafetera, cuando escuchó un fuerte ruido que provenía del cuarto de baño, así que soltó todo y se acercó corriendo.
Ella se levantaba del suelo, con la cara blanca y la mirada perdida.
– ¿Otra vez te has vuelto a marear? No creo que sea normal tantos mareos en tan poco tiempo. -le decía mientras le ayudaba a sentarse sobre la tapa del inodoro.
– Deberíamos acercarnos al centro de salud a que te hiciesen una revisión antes de salir de viaje. No vaya a ser que te encuentres peor por el camino o que tengamos un accidente.
Le corrían sudores fríos por todo el cuerpo, oía a Miguel como si le estuviese hablando desde lejos, y le costaba enfocar claramente la mirada.
– De verdad que no es nada, no te preocupes. No quiero ir a ningún centro de salud. Créeme que es solo la tensión.
Para nada la creía, pero tampoco podía obligarla a ir contra su voluntad al médico. Estuvo a su lado mientras se vestía, sin mirarla directamente, como otorgándole cierto grado de intimidad.
Para la comida, preparó Miguel un arroz precocinado, pensando que así perderían menos tiempo y podrían echarse una siesta, acumulando horas de descanso para el duro día que le esperaba mañana. Y pensó que a ella también le sentaría bien descansar.
El no durmió más de una hora. No estaba tranquilo con todo aquello. Por los mareos, por el viaje, por el negocio cerrado una semana. Ella seguía durmiendo con aspecto tranquilo y relajado. No la despertó y se limitó a mirarla.
Ella colocó todas sus cosas en la maleta que había traído consigo, y en una bolsa de deporte grande.
Miguel se peleaba con la suya, una maleta enorme, de plástico marrón imitando el dibujo del cuero, apenas sin uso y con un gran candado amarillo. La había comprado hacía diez años, cuanto tuviera que ir de viaje a casa de un sobrino que se casaba. Desde aquel día no había vuelto a ser usada.
– Cualquiera diría que te vas dos meses fuera de casa. – bromeó ella. ¿En serio estas seguro de que necesitas todo eso?
Con lo previsor que era él, estaba intentado meter más de la mitad de la ropa que tenía en el armario, zapatos varios, sandalias, toallas, y una buena selección de medicamentos, por si acaso. – Nunca se sabía lo que podría pasar por el mundo.
Miguel buscó la tarjeta de la pizzería en la que habían comido el otro día y llamó para saber si también repartían pizzas, así se ahorraría el trabajo de cocinar, y podrían acostarse más temprano.
Tardaría unos cuarenta minutos en llegar el repartidor, montado en un ciclomotor con una gran maleta en la parte de atrás en donde traía varias pizzas, entre las que estaba la especial de la casa que había pedido el.
Cenaron tranquilamente sentados en el sofá de la sala. Charlaron otra vez sobre el viaje, sobre el mar y sobre todas las cosas que harían cuando llegasen a la costa. Sofía estaba emocionada, aunque él la notaba un poco más apagada que los días anteriores.
– ¿Te importa que me dé una ducha rápida mientras recoges tu las cosas de las cena?
– Claro que no, dejo todo listo y subo también a ducharme, preciosa.
Tiró la caja grasienta en la que venía la pizza, lavó los vasos y dejó la cocina totalmente recogida. -Desayunaremos en la primera cafetería que encontremos abierta, – pensó, y subió a ducharse también.
Cuando llegó a la habitación ella ya estaba en cama, desnuda, con la espalda al descubierto, y los ojos cerrados, la besó y se metió en la ducha.
Tardó apenas diez minutos en ducharse y afeitarse, pero cuando se metió en la cama, Sofía ya se había quedado dormida. Su respiración era profunda, así que, aunque se moría de ganas de despertarla a besos y sentir como se estremecía entres sus brazos, la besó en la espalda, la rodeó lentamente con sus brazos y se abandonó al mundo de los sueños.
A las seis de la mañana sonó el despertador. Estiró su mano y tanteó hasta apagarlo. El sol que entraba como todos los días por la ventana era diferente. Sobre la piel de Sofía no reflejaba el suavizado color aterciopelado que tanto le gustaba mirar al despertar. Sus cabellos no brillaban con la misma intensidad y cuando deslizó su mano dibujando su contorno, no sintió el calor de su cuerpo.
El corazón le empezó a latir con fuerza, notaba el pulso por todo su cuerpo como si fuese a estallar.
– ¿Sofía? ¿Sofía? ¿Estás bien? – le dijo tocándole la mejillas con la mano y girando su cabeza hacia él. – Dime algo, despierta amor… amor…
Sofía no respiraba. Su pecho no danzaba como cada mañana, su piel no se erizaba con sus caricias…. no había vida en su cuerpo.
La agitó más fuerte, tratando de despertarla, mientras por dentro notaba como se le rompía el pecho en miles de cristales afilados. Gritó, gritó con toda la fuerza que pudo, rompió a llorar sobre ella. Golpeó las paredes con sus manos, mientras destrozándose los nudillos caía de rodillas al suelo.
Dando tumbos por la casa, llegó hasta el teléfono y consiguió llamar a una ambulancia, y tras un buen rato logró hablar y pedir ayuda.
Cuando llegaron los médicos, lo sacaron a duras penas de la habitación, totalmente fuera de sí, y le inyectaron tranquilizantes. No hacía otra cosa que repetir -el mar, el mar. Tiene que ver el mar. ¿Es que no lo entendéis?, el mar…

“A veces, el tiempo pasa”

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