Algeciras

Y lo cierto es que no sería capaz
de recordar cuanto tiempo llevaba allí
sentado observando las luces de la bahía.

La guitarra entre las piernas,
derramando arpegios
sobre la superficie oscura del mar,
salpicado de constelaciones,
ajeno al rumor del viento
sobre la arboladura.

Fundido todo en uno,
salitre, estrellas y el parpadeo
rítmico del Faro de punta Europa
como si todo formase parte
de un mismo ser,
indivisible.

Fue entonces cuando vi aparecer
tu silueta reflejada en
la campana del palo mayor.
La misma que avisa de tormenta,
de cambio de viento, de las horas.

Caminabas descalza sobre la teca de cubierta.
Tus piernas, bronceadas por los días
eternos de sol danzaban
bajo una falda blanca de lino,
deshilachada.

En tu mano una copa de vino,
oscuro como la sangre
que siglos atrás teñía las aguas
sobre las que flotábamos
aquella noche de verano.

Mi giré para contemplar tus movimientos.
Mis ojos oscuros, recorrieron tus formas,
ya tumbada sobre la madera.
Tu pelo negro tejiendo redes,
tus hombros desnudos,
tu pecho al compás de la vida,
tus caderas…

Tus labios teñidos del vino
me cautivaron, apenas mil años.

Mirabas el cielo,
te sentía tan feliz,
tan en calma
que apenas podía hacer otra cosa
que ser, sin más.

Caminé lentamente todos los segundos
que me separaban de ti,
uno a uno
respirando profundamente tu aroma,
más intenso cuanto más próximo,
al igual que los latidos de mi corazón.

Podía oírlos.
Podía sentir como crujían
las tablas bajo mis pies.
Me arrodillé, vencido,
inclinándome sobre ti
descubrí el universo en tus ojos.
Vi cada una de las estrellas,
vi la luna, el sol los dioses…
Cerraste los ojos y te besé.
Me quede allí para siempre.
Siempre todavía.

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