Llegué tarde a su cama esa mañana,
me recriminó que hubiese salido el sol,
que la luna se marchase con resaca,
que no detuviese el paso del reloj.

Que las nubes dejasen sombras por el suelo,
las margaritas muertas, regadas con alcohol
la ropa intacta sobre su cuerpo desnudo,
que delante del espejo, sólo estuviese yo.

El portazo que no sonó al marcharme,
el salto al vacío por el hueco del ascensor,
las marcas de los neumáticos en su garaje,
las huellas de un carmín que no besó.

Rodando por la acera bajo la lluvia,
miedo, frío, vértigo y gusanos negros,
farolas que proyectan contra los charcos
el hundimiento de todos mis sueños.

Y busco un rincón donde sentarme y gritar,
golpeando las sombras que amenazan estrellas,
apago los brillos vaciando los mares oscuros
que brotan cada vez que pienso en ella.

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